En Algar pasamos un verano de lo más rústico, alguien dijo que yo necesitaba respirar aire de la sierra y allá que nos fuimos. Una de las anécdotas que se recuerda era como nos bañábamos. Pasaba el aguador con sus tinajas y dejaba el agua del día, por la noche en un gran barreño íbamos por turno, primero el pequeñín, luego yo, después Igna, la siguiente Tía Tere que también veraneo con nosotros y la última mi madre, con el agua ya pasada por todos... Eso era aprovechamiento.
Mientras hacíamos vida en el pueblo siguiendo todas las costumbres de aquellos años, mi padre tomaba notas para sus cuadros, quizás este fuera uno de los burros de El arriero
Las niñas serían del pueblo, el niño nuestro inseparable Igna, el pequeño es Fale, y yo que dudaba si seguirlos o aventurarme por el pueblo mientras ahí me dejaban.


miércoles, 25 de marzo de 2009
Un verano en Algar
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